En una cálida tarde de verano de 2009, una multitud de manifestantes se reunió frente al monte. Centro Comunitario Scott en Portland, Oregón, armado con megáfonos, pancartas y cánticos. «Uno, dos, tres, cuatro: Paulson quiere robar a los pobres», gritaban. «Cinco, seis, siete, ocho: no cooperaremos». El objeto de su desprecio era Merritt Paulson, el propietario de 36 años de los Portland Beavers, el equipo local de béisbol de las ligas menores. Se había mudado a la ciudad dos años antes y ahora también intentaba comprar un equipo de fútbol profesional. Para que el trato funcionara, pedía 51 millones de dólares a la ciudad en financiación y proponía convertir un querido parque del barrio en un nuevo estadio. La protesta de esa noche fue la culminación de meses de oposición comunitaria. No ayudó que el padre de Paulson, el exsecretario del Tesoro de los Estados Unidos Henry M. Paulson, Jr., fuera en ese momento una figura nacional controvertida, gracias al rescate de la industria financiera. «No hay un estadio de béisbol subvencionado para el niño rico», decía un letrero.