
Resumen.
Burlarse de las reuniones es propio de los dibujos animados de Dilbert: todos podemos bromear sobre lo dolorosas y desgarradoras que son. Pero ese dolor tiene consecuencias reales para los equipos y las organizaciones. En nuestras entrevistas con cientos de ejecutivos, en campos que van desde la alta tecnología y el comercio minorista hasta la industria farmacéutica y la consultoría, muchos dijeron sentirse abrumados por sus reuniones, ya fueran formales o informales, tradicionales o ágiles, presenciales o mediadas electrónicamente. Una dijo: "No consigo sacar la cabeza fuera del agua para respirar durante la semana". Otra describió cómo se apuñalaba la pierna con un lápiz para dejar de gritar durante una reunión de personal especialmente tortuosa. Tales quejas están respaldadas por investigaciones que muestran que las reuniones han aumentado en duración y frecuencia en los últimos 50 años, hasta el punto de que los ejecutivos pasan en ellas una media de casi 23 horas a la semana, frente a las menos de 10 horas de los años sesenta. Y eso sin contar todas las reuniones improvisadas que no entran en la agenda.